Más colorida, más variada, más potente: Este año y gracias a la lluvias de abril, la primavera es un regalo para todos los que nos gustan los paseos por la naturaleza.
¿Qué tal un paseo virtual?


Casa Rural – Jérica
Son los aromas a tierra y leña húmeda, los colores entre ocres, dorados y pálidos verdes, las luces misteriosas y tenues, el aire limpio y los sonidos nítidos que lo hacen tan especial: El otoño es sin duda una de las estaciones más encantadoras y variopintas del año, el momento cuando la despedida del verano ya parece lejos y el invierno se está abriendo paso sin compasión.

Pero antes de que lleguen los días más cortos del año y con ellos las ganas de pasar largas horas al lado de la estufa, antes hay que aprovechar el “momento colorín colorado” y disfrutar del espectáculo. De los extraterrestres colores de los caquis, de las hojas doradas de chopos, arces y granados, los frutos silvestres con su rojo brillante y la tierra vistiéndose con una alfombra de hojas, piñas, musgos, nueces y castañas. ¿Y si todo eso además se reflejara en el agua convirtiendo su superficie en un baile de colores como si de magia se tratara?

Pues todo eso y más lo encontramos durante nuestro último paseo por tierras de Teresa. En concreto, por el PR-CV 80 que nada más saliendo del pueblo se dirige a Ventas de Bejís y para ello elige el mejor recorrido posible: siempre al lado del río Palancia, siempre acompañado por una gran acequia que mezcla su sonido con el continuo burbujeo del arroyo. ¿Su puede pedir algo más para disfrutar y relajarse?

Quizás. Por ejemplo, topar con una culebra bebé tomando el sol en mitad del camino. O escuchar el canto de los muchos y distintos pájaros que han elegido ese bello paraje como hogar. Y ¿qué tal con sentirse aventurero por momentos y cruzar uno de los puentecitos colgantes sobre el río?

Poco antes de llegar al destino, la senda prepara otra sorpresa. Gana altura, ofrece espléndidas vistas del valle y de pronto abre el telón para un panorama de lo más bello: A nuestros pies Ventas de Bejís y en lo alto Bejís con la imponente Peñaescabia al fondo.

Año nuevo, ritmo nuevo y un calendario con más de 300 días para disfrutar y descubrir.
Eso sí, después de tanta fiesta y festín, ahora vale la pena permitirse una vida más pausada. El nuevo año se merece unos momento de calma, momentos para acostumbrarse al 17 al final de la fecha, escuchar los deseos que se pueden hacer realidad y tomarse la vida con sosiego.
¿Un lugar? Por ejemplo, el Pantano El Regajo entre Jérica y Navajas. Un pequeño embalse que en estas fechas y después de las abundantes lluvias de diciembre no sólo demuestra su cara más poderosa, brillante y bonita. También es un precioso lugar para paseos pausados, para escuchar el silencio, disfrutar de los colores nítidos del invierno y sus incomparables puestas de sol.
Un lugar donde reina la calma.
Tierra rojiza que contrasta con grandes campos de almendros en flor, pinos negros y carrascos acompañados de un denso
sotobosque, olivos fuertes descansando de la última cosecha y preciosas vistas a un valle encabezado por una imponente mole de montaña. Así se resume una bonita caminata por el valle del Río Palancia en Bejís. Una caminata de un par de horas que gracias a una extensa red de pistas forestales más bien merece la calificación de paseo, apto para cualquier amante de la naturaleza en busca de una amena y reconfortante excursión.
Este paseo circular arranca en el “PRV-275 Fuentes del Palancia”, pero en vez de bordear las orillas del Río Palancia, primero coge altura en dirección del Cerro Simón. Es una pista que se abre camino entre campos y un denso bosque y en varias ocasiones nos ofrece una bonita panorámica con la silueta de Bejís al fondo.
Como no puede ser de otra forma, es la Peñaescabia que acapara la mayor atención. Esa singular montaña que debajo de sus 1.318 metros da cobijo a un excepcional ecosistema en el cual se sienten a gusto el gato montés, la gineta, el águila perdicera o el buitre.
Es el hogar de animales frágiles con nombres tan bonitos como la preciosa mariposa isabelina “Graellsia isabellae” o el huidizo murciélago de bosque “Barbastella barbastellus”. Un sitio donde crecen a gusto las carrascas, los quejigos, las sabinas y los tejos.
Después de haber disfrutado de las vistas desde el Mirador del Collado Royo toca bajar de nuevo a las orillas del Río Palancia.
Se llega a los Cloticos, una emblemática zona donde nace la fuente del agua mineral de Bejís y donde el río demuestra su lado más juguetón: Pequeñas cascadas, pozas y pequeños “rápidos” acompañan al caminante en este tramo final llamado “Ríos Arriba”.
De momento ninguna empresa de productos de limpieza se ha fijado en ellos. Tampoco García Berlanga se interesó en su día para rodar su serie de rivalidades pueblerinas en este enclave altopalantino. Pero tanto Arteas de Arriba como la vecina Arteas de Abajo no sólo hubieran dado la talla como plató televisivo-publicitario, sino que cualquiera se hubiera enamorado de este precioso rinconcito en tierras de Bejís. Un rincón olvidado que invita a dar un paseo entre las dos aldeas, a disfrutar del silencio y la vida rural en esencia pura.
Hay un breve paseo de unos 15 minutos por el campo entre estas dos aldeas de Bejís. Para alargarlo un poco y convertirlo en circular, desde Arteas de Abajo se puede disfrutar del sendero local “Fuentes de Arteas” entre las dos aldeas o subir por la carretera -sin tener que temer encontrarse con un sólo coche- y entrar por la parte del río Canales a Arteas de Arriba. Es la zona alta del pueblecito, predominada por una gran chopera y una peculiar fuente que bien distingue entre los chorros de agua fresca para humanos y los del ganado. Al lado, un bonito lavadero hace pensar que en un concurso por la paella más brillante quizás los de arriba hubieran partido con ventaja, pero también los de abajo -como luego se verá- no deben temer quedar mal. Ellos no sólo presumen de otro lavadero bien bonito, sino también de una pequeña ermita.
Las Arteas son sinónimo de aire puro, tranquilidad, arquitectura rural con vistosa piedra roja, viejos pajares y un par de casas bien restauradas. Encontrarse con un aldeano, sin embargo, parece algo inverosímil, más en invierno cuando por estas tierras que rozan los 1.000 metros de altura la mínima racha de viento se hace sentir como un soplo del ártico. Un lugar en el que se sienten a gusto los enebros y cipreses, convertidos en los reyes del paisaje. Un lugar donde en Arteas de Arriba se acaba la carretera y sólo deja opción de seguir andando, esta vez por el GR en dirección Collado de la Salada, o, una vez puestos, hasta el Estrecho de Gibraltar.
Callejuelas bañadas en una suave luz ámbar, sombras difuminadas, bonitos contrastes y detalles resaltados. Olor a chimenea, aire fresco y un silencio que afina los oídos. En invierno, cualquier paseo por un pequeño pueblo de noche es un placer, un paseo por la Jérica nocturna es una experiencia muy, muy especial.
Cuando el cielo oscurece y se encienden las viejas farolas, las calles del pueblo parecen estrecharse aún más, los rincones se vuelven misteriosos y la fantasía se permite escapadas hacia siglos pasados cuando las noches se iluminaban tan sólo por las estrellas y alguna que
otra antorcha.
Callejeando por la Jérica nocturna, los restos de las murallas medievales, los bonitos torreones y portales empiezan a contar sus historias de tiempos vividos bajo diferentes mandatarios. Las modestas y diminutas casas abandonadas hace tiempo, de noche se visten de rústicas fachadas pintadas de cal como última defensa ante el olvido.
Vale la pena querer descubrir el pueblo subiendo sus pronunciadas cuestas, bajando escalones, dejarse seducir por la cambiante imagen de su casi omnipresente torre mudéjar y perderse en ese laberinto de callejuelas que nos llevan a lugares con mucha magia. A la pintoresca calle San Roque con sus mil y una macetas adornando las entradas a las casas, a la imponente Ermita del mismo santo que en su día fue construida sobre una mezquita, o al “barrio caliente”, supuestamente antiguo arrabal y barrio árabe del pueblo.
¿Habrá mejor momento para este paseo nocturno que ahora entre fiesta y fiesta? Un bonito momento para dejar deambular a los pensamientos, despedirse del año y soñar con los deseos para el que viene.
Quién no sueña de vez en cuando con días relajantes en un balneario, con masajes, parafangos y parafinas, con aguas que curan y calientan, con sonidos que seducen y calman. Pues bien, como no siempre hay tiempo (y dinero) para largas curas, ¿qué tal con una caminata curativa que tiene un poco de todo lo anterior descrito?
Os proponemos un bonito paseo por el balneario -natural- de Montanejos, un paseo, que nos lleva por el río Mijares y sus aguas con unas reconocidas propiedades mineromedicinales para finalmente adentrarnos en un imponente desfiladero. ¿Los únicos acompañantes? El sonido del agua, el canto de los pájaros y quizás, si hay suerte, el chillido enfadado de algún que otro animal no muy acostumbrado a visitas de forasteros. Al final llegaremos a un pequeño paraíso natural que impresiona por su biodiversidad y su estado salvaje.
Imprescindible para mentalizarse al inicio de esta caminata curativa: meter la mano en el río Mijares a su paso por Montanejos. Ahora, en invierno, sus aguas con una temperatura constante de unos 25 grados sorprenden aún más y parece increíble que gracias a unas fuentes termales todo un río se convierta en una agradable bañera. No sólo calentita, sino también muy aconsejable para sanar enfermedades relacionadas con el aparato digestivo, el riñón o la piel. Propiedades curativas que convencieron ya a romanos y árabes y finalmente -hace ahora ya 150 años- hicieron declarar las aguas de las Fuentes de los Baños de Montanejos de utilidad pública.
Rodeado de varios picos de casi 1.000 metros de altura, Montanejos es tierra de manantiales,
barrancos y profundos precipicios. Caminando desde las Fuentes de los Baños en dirección a los Estrechos, también llamados “Congosto de Chillapájaros”, se puede disfrutar de unos paisajes
con paredones de caliza de varios cientos de metros, una naturaleza exuberante, aguas de río cristalinas -a veces azules, a veces turquesas- y un seductor silencio. Es terreno de pocos caminantes y de escaladores intrépidos que vienen de toda Europa para disfrutar de las vías con nombres tan sugerentes como “Sobredosis de pasión”.
Para los mortales en busca de sosiego, el paseo invita a una pequeña pausa en el mirador natural de las Faldas de Rufino con su peculiar cueva, a disfrutar de las vistas hacía los Estrechos desde la misma presa o simplemente
buscarse un bonito rincón para observar la flora y fauna. Es el momento para seguir el rumbo de los cormoranes, captar unos instantes en la vida de unas huidizas cabras montesas, ponerse ojo a ojo con un sapo gigante, admirar el vuelo de unas águilas…
Y ya está. Efecto curativo cumplido. Relax gratuito, pulmones llenos de aire fresco y la mente despejada. Y si ahora, camino de vuelta, el sol bañara las aguas del río Mijares con esa luz tenue de una tarde de invierno…
“Regajo – Charco que se forma de un arroyuelo” (RAE).
Bueno, bueno, bueno. Tampoco hay que despreciar a nuestro embalse de forma tan borde. Cierto que el año pasado el pantano jericano debido a la sequía se había empequeñecido de manera estrepitosa. Pero ya se ha recuperado casi del todo después de estos días de lluvia, nieve y cielos grises. Y son especialmente estos días que vale la pena visitarlo y disfrutar de un ambiente muy particular.
Cuando el cielo blanquecino se extiende como un manto gigante, parece dispuesto a amortiguar cualquier sonido, a calmar la atmósfera – y el ánimo – y a envolver el paisaje en unos relajantes tonos suaves. Más calmadas aún están las aguas del
Regajo que sólo se mueven cuando un enfadado pato se levanta precipitadamente, quejándose vehemente de la llegada del intruso.
En las orillas, la naturaleza aún está hibernando. Pero falta poco hasta que la primavera no sólo pinte de verde el paisaje y llene de hojas a los chopos, higueras y granados que rodean el agua. También llegarán los amantes de la pesca, del picnic con posibilidad de chapuzón, de la
acampada y el piragüismo.
Es entonces cuando el pantano El Regajo ya no estará tan tranquilo, pero más refrescante que nunca. Y es que casi siete millones de metros cúbicos de agua fresquita en verano dan mucho de sí.
Es uno de esos paseos inolvidables para un día soleado, claro y fresquito de invierno. Visitar la Laguna de la Dehesa de Soneja no sólo promete una exuberante naturaleza, impresionantes vistas y la posibilidad de escuchar lo que significa el silencio absoluto. También es un paseo educativo, entretenido y único: Y es que esa preciosa laguna, ubicada a una altura de 440 metros y rodeada de una particular meseta, es la laguna natural más alta de la Comunidad Valenciana, un lugar rodeado de un especial microclima y un bonito bosque mediterráneo con sus alcornoques, imponentes pinos, encinas y carrascas.
No extraña pues que ese idílico lugar fuera ya popular en el Paleolítico, habitado por recolectores y cazadores en busca de presas y disfrutando de una gran variedad de frutos. Las piezas más viejas, testimonio de lo vivido y encontradas ahí, datan de 11.000 años antes de Cristo. No en vano el sitio fue bautizado “La Dehesa”, ya que sirvió durante mucho tiempo como terreno ideal donde los pastores llevaban su ganado a llenarse las panzas.
Tanto entonces como hoy, aparte de animales y plantas comestibles, la naturaleza ofrecía muchas cosas que ayudaban en el día a día. Lo cuentan los numerosos carteles explicativos de plantas que acompañan al visitante a su paso por la
laguna y el terreno colindante, llamado Arenal. Se puede leer sobre las cualidades curativas de la zarzaparrilla en caso de gripe o de lo ideal que era la resina del lentisco como empaste dental. Se aprende sobre pinos piñoneros centenarios y madroños del
tamaño de un árbol. Pero la Dehesa de Soneja con su espléndida ubicación entre la Sierra de Espadán y el litoral también es un pequeño paraíso para los animales desde gatos monteses y comadrejas pasando por águilas, zorros, sapos y jabalíes. Ni más ni menos que 6 especies de anfibios, 15 especies de reptiles, 25 de mamíferos, y 91 de aves, 7 de ellas rapaces, están entre los habituales huéspedes.
Así que vale la pena llevarse unos prismáticos- tanto para seguir el vuelo de alguna rapaz como para aún ver más lejos y disfrutar de unas espectaculares vistas hasta el mediterráneo, pasando por la sierra y contemplando el valle del Palancia. Y que no falte la cámara porque dónde si no en la Dehesa se tropieza en medio del monte con gigantescas piedras de molino – perfectamente dibujadas en rocas enormes e incluso ya talladas y listas para su montaje. ¿La razón? En la zona del Arenal hasta bien entrado el siglo XX se explotó una pequeña cantera donde con un esfuerzo inmenso vieron la luz estas piedras conocidas como “ruejos” y empleadas en todas las almazaras del Alto Palancia.
Y no fue la única cantera. Durante el paseo por el Arenal se presenta la segunda laguna de la Dehesa, ésta totalmente desecada después de haber servido como cantera para la extracción de arena. Hoy es como un paseo por la playa con su fina arena blanca, sus pequeños arbustillos y sus pinos. Un paseo acompañado de la
suave luz de una tarde de invierno, de sombras largas y un aire más que sano. Un paseo que hará regresar a cualquiera para volver a ver la Laguna de la Dehesa cuando esté abrazada por la primavera, luciendo nuevos verdes y viejos encantos.
Una hora, a veces no hace falta más para olvidarse de un día agotador, una semana ajetreada. Es suficiente para llenarse de energía, aire fresco, aromas y colores. Tan sólo una hora de las 24 que tiene el día, el tiempo que el otro día nos bastó para dejarnos encantar por uno de los paseos más mágicos del Alto Palancia: el sendero por la ribera del río Palancia en el paraje de los Cloticos de Bejís. Ahí, donde nace ese agua tan buena y donde aún se encuentra naturaleza en estado puro. Un pequeño paraíso. El mundo del murmullo continuo del agua, de cascadas y preciosas pozas.
60 minutos para dejarse seducir por los olores y colores del otoño, por las hojas variopintas de álamos, fresnos y avellanos, de sauces, chopos, olmos y cornejos. Una hora para contemplar las últimas flores de estas plantas valientes dispuestas a desafiar al invierno que viene. Un mundo de colores que hace que una hora se convierta en una des esas pequeñas eternidades.
