Patrimonio sin protección

Los viejos monasterios tienen una fuerza de atracción especial. Sea por su ubicación en lugares apartados, singulares e impresionantes o sea por ese aire de tranquilidad y serenidad que desprenden. Despiertan la curiosidad sobre una vida totalmente opuesta a la actual, una vida contemplativa, sencilla, auténtica y austera. Así que entre los lugares de obligada visita en el Alto Palancia está la Cartuja de Vall de Crist, en su día una de las cartujas más importantes e influyentes de toda la Península Ibérica. En su día…

Muchos años de abandono, desinterés y desdén, sin embargo, han reducido al monasterio del siglo catorce a una mera sombra de lo que fue. Poco queda de las imponentes instalaciones, entre ellas uno de los claustros mayores más grandes del

país. La construcción de la cartuja empezó en 1386 y contó con el entonces infante y posterior rey Martín I de Aragón como mecenas muy importante.

A tan sólo un kilómetro del pueblo y en un rincón idílico empezó a crecer un complejo que alojaría dos iglesias, dos claustros, un refectorio, celdas ubicadas alrededor del claustro mayor, una hospedería, huertas, cementerio… De la mano del infante-rey, su esposa Doña María de Luna y de muchos otros donantes generosos la Cartuja de Vall de Crist no sólo cobró especial importancia a nivel religioso sino también económico, político y cultural. Además se convirtió en un pequeño tesoro arquitectónico, primero influenciado por el gótico, en posteriores transformaciones claramente enfocado hacía el neoclasicismo.

Varios siglos y guerras después será la desamortización que marque el punto final para la Cartuja, sufriendo la exclaustración definitiva en julio de 1835. El patrimonio se reparte entre subastadores privados, pueblos y desvalijadores. El claustro entero, retablos, altares, puertas, azulejos, mobiliario… todo lo que en su día había hecho singular a la Cartuja acaba esparcido por distintos pueblos y ciudades.

Cuando en 1984 a un año del sexto centenario de la fundación de Vall de Crist el monasterio es declarado Monumento Histórico-Artístico ya es tarde. Queda muy poco del monumento. Y lo que aún no se ha destruido por completo seguirá muchos años más sin despertar gran interés para conservarlo.

Tan sólo desde inicios del siglo la Cartuja parece correr mejor suerte. Se inician talleres-empleo con tímidos pasos para su recuperación, se concede un primer presupuesto para restaurar al menos los techos de las dos iglesias y se crea una asociación en defensa de la Cartuja. Empiezan las mejoras, aunque a pasos pequeños.

Hay que fijarse bien para ver los avances y hay que saber qué hacer para ver La Cartuja, ya que el monasterio ni siquiera en fin de semana tiene un horario para poder visitarlo. Quien quiera echar un vistazo y dejarse llevar a otros tiempos, antes debe pasar por las dependencias de la policía local para recoger las llaves. Entonces se abren las puertas al mundo monacal o lo que queda de ello.

Prunus spinosa

La endrina es un fruto estupendo. Al menos cuando has podido sacarlo de su arbusto enmarañado y lleno de espinas. No es de extrañar que en algunas zonas del país se llame arañón porque de la lucha con Prunus spinosa nadie sale ileso.

Pero lo dicho, una vez cosechado a finales del verano, la endrina es más que agradecida. Dado que por su sabor agridulce necesita pasar por temperaturas bajo cero para perder su amargor, lo más fácil es hacerle un hueco en el congelador y sacarla poco a poco cuando se necesite. Así habrá endrina durante todo el año. Para hacer, por ejemplo, una maravillosa jalea de endrina – un manjar capaz de endulzar cualquier desayuno. Eso sí, a la hora de preparar la jalea Prunus spinosa de nuevo saca su lado más espinoso ya que para elaborarla hay que invertir algo de tiempo.

Los ingredientes:
– 1 kg de endrinas
– 0,5 kg de manzanas
– 1 kg de azúcar
– 3 cucharas de zumo de limón
– 1 cucharita de canela

Primero hay que lavar las endrinas. Pelar las manzanas, quitar el corazón -¡reservarlos!- y cortar en trocitos. Meter toda la fruta, el zumo de limón y la canela en 1,5 litros de agua y poner a hervir. Dejar que hierva a en temperatura media durante 1,5 horas.  Aplastar las endrinas con una maza. Verter todo a través de un colador y un paño a otro recipiente y dejar escurrir muy bien.

Ahora se calienta el zumo con el azúcar y los corazones hasta que empiece a espesar. Meter en recipientes bien esterilizados y dejar enfriar. La jalea tardará en espesar del todo… pero para entonces estará irresistible.