Callejuelas bañadas en una suave luz ámbar, sombras difuminadas, bonitos contrastes y detalles resaltados. Olor a chimenea, aire fresco y un silencio que afina los oídos. En invierno, cualquier paseo por un pequeño pueblo de noche es un placer, un paseo por la Jérica nocturna es una experiencia muy, muy especial.
Cuando el cielo oscurece y se encienden las viejas farolas, las calles del pueblo parecen estrecharse aún más, los rincones se vuelven misteriosos y la fantasía se permite escapadas hacia siglos pasados cuando las noches se iluminaban tan sólo por las estrellas y alguna que
otra antorcha.
Callejeando por la Jérica nocturna, los restos de las murallas medievales, los bonitos torreones y portales empiezan a contar sus historias de tiempos vividos bajo diferentes mandatarios. Las modestas y diminutas casas abandonadas hace tiempo, de noche se visten de rústicas fachadas pintadas de cal como última defensa ante el olvido.
Vale la pena querer descubrir el pueblo subiendo sus pronunciadas cuestas, bajando escalones, dejarse seducir por la cambiante imagen de su casi omnipresente torre mudéjar y perderse en ese laberinto de callejuelas que nos llevan a lugares con mucha magia. A la pintoresca calle San Roque con sus mil y una macetas adornando las entradas a las casas, a la imponente Ermita del mismo santo que en su día fue construida sobre una mezquita, o al “barrio caliente”, supuestamente antiguo arrabal y barrio árabe del pueblo.
¿Habrá mejor momento para este paseo nocturno que ahora entre fiesta y fiesta? Un bonito momento para dejar deambular a los pensamientos, despedirse del año y soñar con los deseos para el que viene.
























































































































