Cuando cada día más gente camino a casa lleva consigo un mal pensamiento, teme que algún día le hayan entrado a robar en su casa, vivir en el campo te sorprende con un mundo al revés: En vez de quitarte cosas te las dejan. Y qué cosas. Me refiero a los regalos de los vecinos, agricultores que toda su vida han repartido lo que les sobraba. Y así llegamos a casa y nos encontramos de todo: patatas, cerezas, calabazas, nísperos o, como estos días, un manojo gigante de sabrosos ajos tiernos. Puestos sin más delante de la puerta. Qué lujo, no?
Sólo nos queda por decir: ¡¡Gracias, Luis!!
