¿Qué mejor para emprender la primera caminata primaveral que pisar tierra de reinas? Así lo hicimos al decidirnos por una preciosa ruta entre Villanueva de Viver, anteriormente llamada Villanueva de la Reina, y su pueblo vecino, Fuente la Reina. Ambas reciben su nombre por su pasado árabe y por las reinas que por esas tierras vivieron, ambos son pueblos fronterizos enclavados entre las provincias de Castellón y Teruel, entre las comarcas del Alto Palancia y el Alto Mijares. Así que no es de extrañar que nos encontremos con unos paisajes especialmente bellos, caracterizados por montañas y ríos, por
una enorme diversidad de árboles, arbustos y flores y por sendas que ya hace siglos sirvieron de conexión entre los pueblos.
La ruta empieza en la Ermita de San Martín en las inmediaciones de Villanueva de Viver. Una pequeña ermita que data del siglo XVII y que durante su historia ha sufrido bastantes remodelaciones. Hoy día, quizás, lo más bonito es su ubicación encima de una pequeña colina con vistas al pueblo. Aquí arranca el viejo
camino entre Villanueva de Viver y la vecina Fuente la Reina, perfectamente señalizado con marcas en blanco y amarillo. Es una ruta que empieza como agradable pista entre pinares y bosques mixtos con una gran variedad de arbolado. En esta época del año los bordes del camino están repletos de flores – no parece faltar ni un color. Pronto la pista se convierte en senda y después de haber cruzado el frondoso Barranco de la Graja ya estamos llegando a Fuente la Reina.
No ha pasado ni una hora, y aún no sitiendo la necesidad de hacer una pausa, en este pueblo eso es un
imperativo. Nunca mejor dicho: Llegados a la plaza del Ayuntamiento, el único establecimiento abierto (¿y existente?) se hace notar: “BAR – ¡PARA!” se lee en letras grandes con fondo rojo. Y teniendo en cuenta que el pueblo cuenta con unos 50 vecinos uno rápidamente entiende que hay que echarles un cable a ellos y a los dueños del bar para que éste pueda sobrevivir.
Y una vez almorzados, la ruta sigue por el pueblo y sus bonitas “casas colgantes”, su Fuente de Mangraneras y la vieja balsa para el
riego de los campos. Pronto empieza la senda que nos llevará – ésta vez marcada en amarillo sólo – hacía el precioso valle del Río Maimona.
Nos adentramos en un auténtico paraíso formado por imponentes rocas, pozas con agua cristalina y una vegetación exuberante.
Caminamos entre enebros y lentiscos, arces, quejigos y carrascas, rosales silvestres, sabinas y la típica vegetación de ribera con sus chopos, sauces y fresnos. Entre las plantas más valientes hay flores filigranas y pequeños arbustillos que se han buscado su hueco en una de las muchas rocas que bordean la senda. Cada uno de ellos un sorprendente ejemplo de supervivencia.
Un verde intenso y brillante de hojas recién estrenadas contrasta con las paredes rojizas y anaranjadas del barranco y el infinito azul del cielo. ¿Quieres más? Pues sólo hace falta esperar un poco y ya apetecerá un baño en una de las muchas pozas del Río Maimona.
Al final, la senda de nuevo se aleja del río y nos lleva de vuelta a la Ermita de San Martín. Han pasado tres horas de las más bonitas que puede regalar la primavera. Habrá que repetir.





















