Gracias a la gran riqueza en recursos hídricos, la región tradicionalmente ha sido y es destino de veraneantes que cambian el aire cálido-húmedo de la costa por chapuzones en ríos y lagos fríos y que disfrutan de las refrescantes noches de verano.

Durante todo el año los pequeños pueblos de la zona ofrecen una experiencia que hoy día es cada vez más apreciada: la tranquilidad y el sosiego de la vida en un pueblo. La compra en la pequeña tienda de la esquina, el encuentro social en mitad del mercado semanal, el café en la plaza del pueblo, o la animada charla nocturna sentados ante la puerta de casa.

Todo ello distingue una forma de ser y de vivir. A lo que hay que añadir ese característico olor de las chimeneas, perfumado por las hierbas aromáticas echadas al fuego del hogar, que durante los meses de invierno se adentra por las silenciosas calles.

Hoy por hoy la agricultura es, todavía, casi la única fuente de ingresos. Un hecho que, desde principios del siglo pasado, está castigando a la región con una incesante pérdida de población. Aunque por otra parte - y para alegría de los visitantes en busca de tranquilidad - ha ayudado a conservar una vida rural al estilo más puro.